¡Lo que se aprende escribiendo libros para niños!

De los 29 libros que he tenido la suerte de escribir, 10 están destinados al público infantil. Yo no tuve nada que ver en la elección de la temática, sino que, como en otras tantas ocasiones en esta profesión, se trató de un encargo editorial y, también, de un reto (de esos que a menudo vienen a rescatarnos a los “obreros de la tecla” de caer en la tan temida monotonía).

Confieso que el primero de ellos, “Piratas” me pilló un poco con el pie cambiado: yo suelo escribir sobre temas de salud y bienestar, principalmente -o sea, nada que ver con las vicisitudes de Barbarroja, Sir Frances Drake & Co- y, además, en ese momento, mi chip-niños estaba a años luz: mis tres hijos ya habían superado la etapa infantil y se adentraban en la nada bucólica, tierna ni simpática adolescencia. A eso hay que añadir que incluso cuando eran pequeños, los pobrecitos míos no solían tener acceso al “cuento verdadero” sino que lo habitual era que les llegara una versión adulterada en la que su retorcida progenitora “barría para casa” e incorporaba moralejas a su conveniencia (“A Blancanieves no le habría dado el parraque al morder la manzana si hubiera comido más verduras”; “La bruja habría sido más benévola con Hansel y Gretel si estos hubieran tenido ordenada la casita de chocolate…). Aprovecho para pedir desde aquí perdón a Perrault, a los hermanos Grimm y a otros grandes autores de ficción para niños por la osadía de esta libre adaptación de sus obras…

Por tanto, y para “contextualizarme”, no me quedó otra que ponerme en modo “textos para niños”, así que devoré cuanto libro de piratería pude encontrar en la biblioteca municipal y visioné todas las entregas de la saga cinematográfica “Piratas del Caribe” (un género que siempre había obviado y del que desde entonces soy fan total).

Después vino “Arte divertido para niños” y ahí sí comencé a disfrutar de verdad. Ya me había despojado del “corsé” adulto y empezaba a dominar el difícil equilibrio entre transmitir información “sesuda” y adaptarla al lenguaje y a los intereses de los más pequeños. El disfrute fue in crescendo con los encargos siguientes que me hizo mi editorial, Libsa, hasta el punto que comencé a desarrollar una auténtica afición –y admiración- hacia este género.

No sé si mis pequeños lectores habrán aprendido mucho con lo que les cuento en las páginas de esos libros (¡espero que sí!) pero para mí, escribir para el público infantil ha supuesto a la vez un auténtico máster en cultura general (¡hay que ver cómo se nos olvida lo que aprendimos en el cole!) y un estupendo ejercicio de reciclaje. Doy fe de que este tipo de literatura tiene “algo” que la hace distinta, y lo compruebo en cada capítulo que preparo: por un lado, siempre me encuentro con datos, curiosidades o anécdotas nuevas de algún personaje famoso, ciudad, descubrimiento o mito clásico, según el tema que toque en cada momento, y, por otro, el hecho de transmitir ese “hallazgo” a los niños hace que se autogenere de forma involuntaria una mezcla de ilusión y emoción espontánea que no siempre se experimenta al escribir para un público adulto.

Por eso, y con motivo de la celebración del Día Internacional del Libro Infantil, quiero felicitar desde aquí a todos los autores, editores y, por supuesto, lectores de este tipo de literatura, en absoluto “menor” sino dirigida a un público muy, muy, muy exigente, que está ávido de aprender y que no suele pasar por alto ni el más mínimo detalle. Y es que es verdad: los niños son “esponjas” en lo que a captación de ideas, mensajes y conceptos se refiere, y, además, suelen ser unos jueces implacables.  ¡Larga vida al libro infantil!

 

Carla Nieto Martínez

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